— Estoy cansado.
— ¿Cansado? Pero si todo va bien, ¿no?
— Eso es lo raro. Todo funciona.
— Entonces será estrés.
— No. Dormir no lo arregla.
— ¿Vacaciones?
— Tampoco.
— ¿Entonces qué es?
— Es cansancio de mantener el ritmo.
— ¿Qué ritmo?
— El de estar siempre disponible. El de responder bien. El de no bajar nunca la guardia.
— Pero nadie te obliga.
— Exacto. Ese es el problema.
— ¿Y qué haces con eso?
— De momento, dejar de llamarlo debilidad.
No es cansancio físico.
Dormir no lo arregla.
Parar unos días tampoco.
No desaparece con vacaciones ni con silencio.
Es otro tipo de cansancio.
Uno que no se manifiesta con sueño,
sino con una sensación constante de fondo.
Como si algo dentro estuviera siempre encendido. Como si nunca terminaras del todo el día, aunque lo cierres.
Este cansancio aparece, sobre todo, en personas que funcionan bien.
Personas que responden.
Que cumplen.
Que sostienen.
Que no fallan cuando se las necesita.
Desde fuera todo encaja. El trabajo sale. Las responsabilidades se sostienen. Las decisiones se toman.
Y precisamente por eso cuesta tanto ponerle palabras.
¿Cómo explicas que estás cansado cuando todo parece ir en orden?
Durante mucho tiempo intentas entenderlo desde categorías conocidas: estrés, sobrecarga, falta de descanso. Pero ninguna termina de explicar del todo lo que pasa.
Porque el problema no es cuánto haces,
sino cómo llevas demasiado tiempo funcionando.
El sistema nervioso no entiende de autoexigencia
Aquí la neurociencia aporta una idea incómoda y útil: el cerebro no distingue bien entre una amenaza externa real y una autoexigencia constante sostenida en el tiempo.
Para el sistema nervioso, vivir en:
“tengo que responder”,
“no puedo fallar”,
“no puedo aflojar ahora”,
activa circuitos de alerta como si hubiera peligro.
El sistema de activación se queda encendido.
No hay cierre.
No hay descarga.
El organismo no colapsa de golpe. Se adapta. Y esa adaptación prolongada es la que desgasta.
Por eso descansar no basta.
El cuerpo puede parar unos días, pero el sistema sigue en vigilancia. El pensamiento sigue activo. La exigencia interna no se apaga.
La pérdida de margen
Este tipo de cansancio no se vive como agotamiento extremo. Se vive como una pérdida progresiva de margen.
Todo cuesta un poco más.
Las decisiones pesan más.
La tolerancia al ruido —externo e interno— disminuye.
Aparece una irritabilidad fina, muchas veces contenida.
No es desmotivación. No es tristeza. No es fragilidad emocional.
Es un organismo que lleva demasiado tiempo funcionando como si siempre hubiera algo en juego.
No siempre hay una crisis. A veces hay continuidad sin regulación.
Nombrarlo cambia algo
Aceptar el cansancio invisible no es rendirse. Es leer correctamente la señal.
El problema no es el esfuerzo puntual.
Es la continuidad sin regulación.
El no cerrar nunca del todo.
El vivir en una disponibilidad permanente.
Y hay un punto importante: este cansancio no pide necesariamente parar. A veces pide algo más difícil y más sutil:
dejar de exigirte como si no pudieras aflojar nunca.
No bajar el nivel en todo. No desaparecer. No romper con nada. Solo dejar de vivir en modo respuesta constante.
El primer alivio no siempre llega cuando descansas, sino cuando aceptas que no todo puede mantenerse al mismo nivel sin pasar factura.
Este tipo de cansancio no necesita soluciones rápidas.
Necesita ser nombrado sin culpa.
Porque mientras no se nombra, se sigue acumulando en silencio.
Y el silencio, en estos casos, no descansa. Solo posterga.
Y ahora te dejo algunas preguntas
- ¿Qué parte de tu día vive en “modo respuesta” aunque no haya urgencia real?
- ¿Qué sostienes por inercia, no por elección?
- ¿Qué sería “aflojar” sin desaparecer?
Quizá no se trata de hacer menos.
Quizá se trata de cerrar mejor.