Cuando algo no funciona en nuestra vida o en nuestro trabajo, solemos reaccionar igual: ponemos una norma más.
Una regla.
Un límite.
Un “a partir de ahora se hará así”.
Y durante un tiempo parece que funciona. Hasta que deja de hacerlo.
Porque el problema rara vez es la falta de normas. El problema suele ser la falta de conversaciones honestas.
Cuando las normas sustituyen a las conversaciones
Las normas son necesarias. Dan estructura, orden, sensación de control.
Pero cuando se convierten en la única respuesta, suelen esconder otra cosa: el miedo a hablar.
Hablamos de:
Lo que hay que hacer
Lo que toca
Lo que se espera
Pero evitamos hablar de:
Cómo estamos de verdad
Qué nos está pesando
Qué ya no encaja
Qué necesitamos ahora
El silencio no aparece por casualidad. Se aprende. Se normaliza. Se hereda.
El desgaste que no se ve
No nos rompemos de golpe. Nos vamos gastando.
Cuando no hay espacios para hablar:
Acumulamos malentendidos
Normalizamos la tensión
Confundimos cansancio con desmotivación
Aprendemos a callar antes que a decir
Y aparecen frases como:
“No sé qué me pasa”
“Antes no era así”
“Estoy cansado y no sé de qué”
Muchas veces sí sabemos qué pasa. Pero no nos hemos dado permiso para decirlo.
Conversar también es un acto de valentía
Hablar de verdad no es cómodo. Ni en el trabajo ni en la vida.
Conversar implica:
Parar
Escuchar sin preparar respuesta
Aceptar que algo puede cambiar
Renunciar a tener razón todo el tiempo
Por eso evitamos tantas conversaciones importantes. No por falta de palabras, sino por miedo a lo que pueda pasar después.
No toda conversación arregla las cosas. Pero…
No todas las conversaciones solucionan un problema. Pero la ausencia de conversaciones siempre lo agrava.
Porque lo que no se dice:
Se somatiza
Se enquista
Se proyecta
Se repite
Hablar no es garantía de éxito.
Callar es casi siempre garantía de desgaste.
Vivir con menos normas y más diálogo
Vivir mejor no pasa por controlarlo todo. Pasa por escucharnos más.
Por atrevernos a decir:
“Esto ya no me funciona”
“Necesito otra cosa”
“No estoy bien”
“Hablemos de esto”
Las conversaciones no son el final de un proceso. Suelen ser el inicio de algo más honesto.